Después de muchos años diseñando viajes, he llegado a una conclusión que quizá no sea la más habitual en un negocio: no quiero hacer más viajes.
Quiero dedicar más tiempo a cada uno. Diseñar un viaje como yo entiendo que debe hacerse lleva muchas horas de análisis y preparación.
Preguntarme no solo si algo es bueno, sino si es lo más adecuado para mi cliente.
Y, afortunadamente, sigo disfrutando muchísimo de ese trabajo.
Podría hacerlo de otra manera. Utilizar programas diseñados por otros, cambiar algunas piezas y adaptarlos ligeramente a cada cliente. Sería más rápido y podría aceptar más viajes, pero entonces dejaría de hacer aquello en lo que realmente creo.
Con los años he aprendido que hay un momento en el que la cantidad empieza a competir con la calidad.
Cuando acepto demasiado trabajo, el recurso que comienza a escasear no son los hoteles ni los vuelos. Es mi tiempo. El tiempo para pensar, investigar, cuestionar una primera opción y para encontrar algo mejor.
Poder conocer suficientemente bien a quien va a viajar y poder decirle, incluso: “Yo eso no lo haría.”