Quiero que durante unas horas se coman Brasil de bocado en bocado.
Botafogo me interesa porque conserva vida de barrio y ambiente carioca y, al mismo tiempo, está viviendo una interesante transformación gastronómica: pequeños gastrobares, cocinas de autor, bares de vinos y jóvenes proyectos que están reinterpretando el producto brasileño.
Así que he construido una cena sin un único restaurante.
La primera parada será Chanchada Bar.
Un boteco contemporáneo donde empezarán compartiendo croquetas de carrillera, torresmo y, si está disponible, atoladinho: mandioca rellena de costilla deshilachada.
Después solo tendrán que cruzar prácticamente la calle para llegar a Caju Gastrobar.
Aquí quiero que descubran algo que me fascina de Brasil: su extraordinaria despensa.
Caju, cupim, mandioca, cachaça…
Ingredientes profundamente brasileños tratados desde una mirada contemporánea.
Después caminarán hasta Cave Nacional — Vinhos Brasileiros.
¿El motivo?
Quiero sorprenderles con algo que probablemente no esperaban hacer en Río:
beber vino brasileño.
No les he seleccionado previamente una botella. Prefiero que hablen, pregunten y permitan que alguien que conoce esos vinos les descubra una etiqueta.
Y terminarán en Belisco Bar de Vinhos.
Un espacio más íntimo y gastronómico donde, si continúa disponible, podrán compartir una vieira al curry mientras toman una última copa.
La progresión está pensada.
Empiezan con carrillera y torresmo en un ambiente informal y terminan con vieiras, curry y vino.
Nada de esto ocurre por casualidad.
Ahí está, para mí, una de las grandes diferencias entre organizar un viaje y diseñar una experiencia de viaje.
No consiste en acumular reservas.
Consiste en construir una pequeña historia.
Pensar dónde empieza la noche.
Qué quiero que descubran primero.
Qué sabor debería sorprenderles.
Cuándo conviene cambiar de ambiente.
Cuánto deben caminar.
Qué quiero que aprendan sobre Brasil sin necesidad de que nadie les dé una clase.
Y, sobre todo, cómo quiero que termine la noche.
Por eso les he dejado un pequeño juego.
Al regresar al hotel cada uno tendrá que elegir, sin consultar al otro:
— El mejor bocado de la noche.
— El ingrediente brasileño que más le haya sorprendido.
— El lugar al que volvería al día siguiente.
Después compararán sus respuestas.
Puede parecer un detalle pequeño.
Para mí no lo es.
Porque probablemente dentro de unos años hayan olvidado el número de su habitación o a qué hora despegó su vuelo.
Pero quizá todavía recuerden aquella noche en Botafogo en la que descubrieron el cupim, probaron caju de varias formas, bebieron un vino brasileño que no conocían y discutieron de regreso al hotel sobre cuál había sido el mejor bocado.